Bruce Davidson explica cómo hizo ‘Subway’, su trabajo documental sobre el metro de Nueva York

En la primavera de 1980, empecé a fotografiar el metro de Nueva York. Antes de comenzar este proyecto, dedicaba la mayor parte de mi tiempo a escribir y producir un largometraje basado en la novela de Isaac Bashevis Singer: ‘Enemies, a love story’. Cuando se agotaron las opciones de que la película saliera adelante, sentí la necesidad de volver a la imagen fija, a mis raíces.

Empecé a fotografiar las islas que salpican la red de tráfico de Broadway. Siempre me han interesado estos oasis de hierba, árboles y tierra rodeados por el tráfico pesado de la ciudad. Así, me encontré a mí mismo fotografiando viudas solitarias, vagabundos alcoholizados y ancianos de gesto serio que ocupaban los bancos en estas islas de asfalto del Upper West Side de Manhattan.

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Foto: Bruce Davidson

Viajé a otras partes de la ciudad, desde Coney Island hasta el Zoológico del Bronx. Volví a visitar la cafetería del Lower East Side donde había estado haciendo fotos varios años antes. La cafetería era un refugio para los judíos ya ancianos que sobrevivían en los decadentes vecindarios cercanos. Fotografié a las personas que había conocido allí, supervivientes de la guerra y los campos de exterminio que habían permanecido juntos después del Holocausto para volver a echar raíces en esta tierra extraña. Caminé por la calle Essex para visitar a un viejo copista que restauró los caracteres hebreos descoloridos en los sagrados rollos de la Torá. Su esposa y él, supervivientes ambos de Dachau, trabajaban juntos una pequeña librería religiosa de su propiedad. Ocasionalmente, me permitía tomar una fotografía mientras se inclinaba sobre el pergamino con su pluma. Cuando se disparaba el flash, hacía gestos con la mano para que me apartara. Yo solía volver después con copias de mis fotos que él guardaba en un cajón, con cuidado, y sin mirarlas. A veces, al volver de su tienda durante la hora punta de la noche, veía los vagones llenos del metro, llenos de gente, personas ensimismadas o con la mirada fija, temerosas de su destino desconocido. A mí me parecían vagones de ganado.

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Foto: Bruce Davidson

El interior del metro estaba lleno de graffitis, una caligrafía secreta que cubría paredes, ventanas y los planos de las diferentes línea. Me dio por imaginar que estos garabatos que rodeaban a los pasajeros eran antiguos jeroglíficos egipcios. De vez en cuando, cuando miraba uno de estos mensajes crípticos, alguien venía y se sentaba frente a él, y era como si el mensaje hubiera sido descifrado. Entonces fue cuando empecé a ver una conexión entre las islas de Broadway, la cafetería del barrio y el piadoso copista del Lower East Side. La conexión era el metro.

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Foto: Bruce Davidson

Decidí prepararme para lo que iba a ser mi vida en el metro. Empecé una dieta rápida, un programa de ejercicio físico militar, y por la mañana temprano salía a correr por el parque. Sabía que tendría que entrenar como un atleta para poder cargar con mi pesado ​​equipo fotográfico durante horas en el metro. Además, pensé que si me iba a pasar algo allí abajo, quería estar en buena forma, o al menos creer que lo estaba. Cada mañana metía cuidadosamente mis cámaras, objetivos, luz estroboscópica, filtros y accesorios en una pequeña bolsa de lona. En mi chaleco verde de safari de grandes bolsillos, puse mis pases de policía y metro, algunos rollos de película, un mapa del metro, un cuaderno y un pequeño álbum de boda blanco y con ribetes dorados que contenía fotos de personas que ya había fotografiado en el metro. En el bolsillo de mi pantalón llevaba cuartos de dólar para los que pedían dinero en el metro o cambios para llamar por el teléfono. También llevaba un maletín con documentación adicional y algunos dólares, un silbato y una pequeña navaja suiza que me daba un poco más de confianza. Además, llevaba un pañuelo limpio y unas tiritas por si me hacía alguna herida.

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Foto: Bruce Davidson

Mientras bajaba las escaleras del metro, atravesaba la canceladora y me dirigía al andén oscuro de la estación, una sensación de miedo se apoderó de mí. Me mantuve alerta, y miré a mi alrededor para ver quién podía estar esperando para atacarme. El metro era peligroso a cualquier hora del día o de la noche, todos los que lo usaban lo sabían y estaban permanentemente en guardia; no pasaba un día sin que los periódicos informaran sobre otro horrendo crimen subterráneo. Allí estaba yo, con mi cámara colgada al cuello, mientras  los pasajeros que estaban en el andén me miraban de una manera que me hacía sentir como un turista o como un loco.

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Foto: Bruce Davidson

Me resultaba difícil incluso acercarme a una viejecita. Hay una barrera entre las personas que viajan en el metro: evitan mirase a los ojos y parece que un muro los separe del resto. Para romper esta molestan tensión me veía obligado a actuar rápidamente, por impulso, porque si dudaba, mi sujeto podría bajar en la siguiente estación y perderse para siempre. Me enfrentaba a ello de varias maneras. A menudo me limitaba a acercarme a la persona en cuestión y le decía: “Disculpe. Estoy haciendo un libro sobre el metro y me gustaría hacerle una foto. Le enviaré una copia impresa”. Si veía que dudaban, sacaba mi cartera y les mostraba mi trabajo; si decían que no, no solía ser definitivo. Otras veces, sacaba la foto y luego me disculpaba, explicando que el momento me había parecido tan especial que no quería interrumpirlo, y que esperaba que no les molestara. A veces tomaba la foto sin decir nada en absoluto. Pero incluso en estas situaciones, mi flash acababa delatando mi presencia. Cuando se disparaba, todos en el vagón sabían que algo estaba ocurriendo, que alguien era el centro de atención. También advertía a los posibles ladrones de que había una cámara cerca. Consciente de ello, lo que hacía era cambiar a menudo de tren y de vagón después de haber sacado algunas fotos.

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Foto: Bruce Davidson

Al principio empecé sacando fotos en blanco y negro. Después de un tiempo, sin embargo, comencé a percibir una dimensión de significado que me exigía ser consciente del color. La fotografía en color no era nueva para mí, la mayor parte de mi mis encargos y todas mis películas las he hecho en color. Pero el color en el metro era diferente. Descubrí que la luz estroboscópica que se reflejaba en las superficies de acero de los vagones subterráneos pintarrajeados daba una nueva dimensión al color. Había visto fotografías de peces de aguas profundas a miles de metros bajo de la superficie del océano, brillando en la oscuridad total cuando se les aplicaba una fuente de luz. La gente en el metro, su carne yuxtapuesta al graffiti, el penetrante efecto de la luz estroboscópica e incluso la oscuridad hueca de los túneles, inspiraron una estética que pasaba desapercibida para los pasajeros atrapados bajo tierra, escondidos tras sus máscaras y encerrados en sí mismos.

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Empecé a explorar las diferentes líneas del metro, yendo hasta el final de cada una de ellas, y volviendo después. La mayoría de las veces no tenía un destino claro, dejaba que me llevaran a donde sea que el metro fuera, aunque puntualmente consultaba el mapa y tomaba notas mentales de los lugares a los que quería volver.

Un día entré en un tren en el interior de Brooklyn, en la línea de la Séptima Avenida que se va desde la calle 241 del Bronx a través de Manhattan hasta New Lots Avenue en Brooklyn, a una distancia de más de veinticinco millas. Fue tras de la hora punta de la mañana, cuando los trenes fuera de Manhattan están casi vacíos. Tenía poca idea de dónde estaba, excepto que había cruzado un barrio llamado Crown Heights. Estaba mirando el mapa cuando las puertas se abrieron y apareció un joven con pinta de violento y con una profunda cicatriz en la cara.

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Foto: Bruce Davidson

Se sentó al otro lado del pasillo, me miró con dureza y me dijo en voz baja y penetrante: “Sácame una foto y te rompo la cámara”. Rápidamente contesté: “No saco fotos sin el permiso de la gente, y siempre les mando copias”. Metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta, caminé hacia él y hojeé lentamente las fotografías de muestra, sentado en el borde de mi asiento. Después de mirar las fotos, hizo una pausa, se volvió hacia mí y dijo: “Está bien, sácame una foto”. Volví a mi asiento y comencé a fotografiar, haciendo varias fotos con diferentes encuadres. Luego anoté su dirección. Se fue, desapareciendo a lo largo de la plataforma mientras el tren cogía velocidad. Un par de semanas más tarde, le envié algunas copias de las fotos que le hice, pero la oficina de correos las devolvió con un sello rojo en el sobre que decía: “Devolver al remitente. Se mudó. No dejó dirección”.

USA. New York City. 1980. Subway.
Foto: Bruce Davidson

Viajando por las diferentes líneas a través de varios distritos de la ciudad, descubrí que muchos de los trenes pasaban por tramos que emergían del subsuelo. Desde esas vías elevadas podía ver claramente muchos de los vecindarios que forman Nueva York. Algunas áreas de la ciudad vistas a través de las ventanas del metro parecen devastadas. Como si hubieran sufrido un bombardeo, con proyectos de viviendas que se alzan como imponentes paredes de un desfiladero. Otros más estaban formados por ordenadas casas familiares con patios cercados. Algunas vistas de viejos barrios étnicos, a menudo con grandes iglesias adornadas, me recordaban a las pintorescas ciudades de otros países. Los muelles del puerto, la Estatua de la Libertad y el horizonte de Manhattan los veía enmarcados por las ventanillas del tren.

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Foto: Bruce Davidson

Un día de primavera, justo antes del atardecer en la plataforma elevada de la línea M en Myrtle Avenue, una cálida brisa comenzó a agitar el ligero vestido de una mujer joven que esperaba sola en el andén. Quería fotografiarla, pero no quería asustarla ni importunarla. Me acerqué a ella, me disculpé y le expliqué mi propósito. Me dio permiso para fotografiarla. Le dije que quería capturar la atmósfera que sentía allí de pie, en el andén, y le pregunté si podía volver al estado de ánimo de minutos antes, cuando no sabía que yo estaba allí.

La luz cayó al atardecer y el viento comenzó a soplar, tomé algunas fotografías más. Le pregunté si se sentía vulnerable allí de pie, en la oscuridad, en un andén desolado de un barrio con fama de peligroso. Ella me contó que había nacido en la zona, que vivía con sus padres y que probablemente nunca saldría de allí. Luego me habló de ese instinto animal que le decía cuándo estaba en peligro, y que fue precisamente ese instinto el que la puso alerta porque  le hizo sentir que yo la acechaba en el andén.

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Foto: Bruce Davidson

Empecé a salir a la noche, tarde, y a primera hora de la mañana. Hay estaciones que son más profundas bajo tierra y más cálidas en invierno. En ellas he visto personas dormidas en bancos, envueltas en mantas, más allá de la medianoche. El metro se convierte en un lugar vacío, en una tierra de nadie que es hogar para los desamparados, unos pocos jinetes nocturnos y animales vagabundos que habitan en el metro hasta que los primeros trabajadores de la mañana comienzan a llenar los andenes y los trenes sobre las 5:00 a.m.

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Foto: Bruce Davidson

Una noche eran aproximadamente las tres de la madrugada cuando vi, al final de un andén largo y oscuro, lo que a mí en la penumbra me parecieron un montón de trapos cerca de unas escaleras. Pensé que podría haber personas durmiendo allí y me acerqué con cuidado. Al llegar, vi que era un hombre durmiendo desnudo. Detrás de él, en la escalera, otros dormían con pesados y oscuros abrigos. Me acerqué más al hombre. A pesar de saber que mi flash podría despertar al resto, tomé algunas fotos. Se movió un poco. Retrocedí y miré alrededor, luego me acerqué de nuevo. Llegó un tren, y monté, pensando en el hombre que yacía allí y recordando una escena que había visto en Calcuta: un joven muerto tendido desnudo en una calle, bajo el sol. Volví al lugar en el que estaba el hombre desnudo unas cuantas veces más esa noche, y luego me fui a casa. La noche siguiente, cuando volví, no había nadie. Habían barrido las botellas de vino y los desperdicios, y todos habían desaparecido.

USA. New York City. 1980. Subway.
Foto: Bruce Davidson

Era julio y el sol había comenzado a calentar el aire estancado del metro. Monté en la línea JJ fuera del túnel de Essex y Delancey Streets en el Lower East Side cruzando el puente de Williamsburg sobre el East River hasta Brooklyn. Aquí el tren elevado cruza las comunidades de Bushwick y Bedford-Stuyvesant. Era domingo por la mañana y a través de las ventanas del tren podía ver una interminable cuadrícula de edificios de viviendas y calles desiertas. Decidí alejarme de esta tristeza y en Broadway-East New York cogí el tren A que me llevaría a Jamaica Bay y las frescas brisas del Océano Atlántico. Me senté en el penúltimo vagón, que estaba casi vacío.

USA. New York City. 1980. Subway.
Foto: Bruce Davidson

Me fijé en dos muchachos de diecisiete años que iban en el último vagón fumando marihuana. Entré para verlos mejor, pero decidí no entrar en contacto con ellos. Parecían retraídos y abatidos, desplomados en sus asientos. Me quedé de pie por unos momentos mirando cómo el horizonte de Manhattan desaparecía en la neblinosa distancia. Luego me senté a unos pocos asientos de ellos, dándoles la espalda. Uno de los muchachos se levantó, pasó junto a mí y comenzó a hablar con una chica sentada al otro lado del pasillo. El tren disminuyó la velocidad y se detuvo en la estación de Chauncey Street, las puertas se abrieron y el joven se apartó rápidamente de la chica para se abalanzó sobre mí con la hoja de un cuchillo sobresaliendo entre sus dedos pulgar e índice. Se paró a horcajadas sobre mí, con el cuchillo en mi yugular. Escuché su voz grave y gutural: “Dame esa cámara”. Tenía el rostro delgado y oscuro, los ojos muy abiertos y desesperados. Pensé en el cuchillo en mi garganta, y mis palabras fueron, “Coge la cámara”. Su compañero soltó la puerta y salieron fuera del vagón con mi cámara, corriendo por las escaleras del andén. Cuando el tren se alejó de la estación, me quedé en la puerta en estado de shock. Entonces se me ocurrió que podría tener un corte y estar sangrando. Chequeé mi cuerpo, pero no había sangre. Me di cuenta de que no se habían llevado la bolsa de la cámara, y que tenía otra cámara y un par de objetivos. Corrí por los vagones hasta llegar al conductor y éste dio la alarma.

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Foto: Bruce Davidson

En la siguiente estación me recibió la policía. Me llevaron a comisaría para responder a unas preguntas y rellenar papeles. Más tarde, dos detectives en un coche de policía sin identificación me llevaron a través del vecindario. Mientras recorríamos las calles, la gente que estaba sentada en las entradas de las casas de vecinos nos miraba de manera sospechosa, lo que me decía que ésto ya había sucedido antes. Sentado en el asiento trasero del automóvil de la policía, yo ya no era el cazador heroico acechando presas peligrosas, sino simplemente otra patética víctima de asalto. Los detectives me llevaron de vuelta a la parada de metro, y decidí continuar mi viaje a Far Rockaway y Broad Channel, hacia el océano. Aquí el tren cruza la bahía por vías que están a pocos metros sobre el agua, como si fuera un velero de carreras. Avanzando a través de la ensenada, espanta a las aves del pantano y deja atrás las embarcaciones de recreo que van en dirección a mar abierto. El sol estaba bajo en el cielo. Los jóvenes que regresaban de las playas a lo largo de Far Rockaway comenzaron a llenar el tren. Todos me parecían asaltantes, pero poco a poco comencé a hablar con ellos mientras tomaba fotos durante el largo viaje a casa.

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Foto: Bruce Davidson

Al transformar la realidad sombría, abusiva, violenta pero a veces tranquila del suburbano en un lenguaje de color, veo el metro como una metáfora del mundo en el que vivimos hoy. Gente de todo el mundo viene al metro. Es un gran ecualizador social. A medida que nuestro nos exponemos como personas, nos enfrentamos a nuestra mortalidad, contemplamos nuestro destino y experimentamos tanto lo bello como lo monstruoso. Desde el tren vemos atisbos de la ciudad, y cuando los vagones avanzan hacia los túneles, esa luz fluorescente e impersonal se adentra en la oscuridad pedregosa, y nosotros, atrapados en el interior, permanecemos juntos.

 

Este artículo se ha extraído de la introducción al libro ‘Subway’ de Bruce Davidson, una colección de sus fotografías del metro de la ciudad de Nueva York. El libro acaba reeditarse en una edición del 25 aniversario de Aperture.

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